¿Te has fijado en las joyas de la reina Sofía en San Fernando? Cuatro días después de cumplir 88 años, apareció ante la Infantería de Marina con un broche de ancla dorado, una pulsera con medallón azul, un brazalete con banderas del código de señales marítimas y, quizá, la esclava con el nombre de su hermana Irene.
No eran joyas elegidas al azar. Era su primer acto oficial tras el cumpleaños y acudía para amadrinar la bandera que recibían los infantes de marina. Ningún otro cuerpo de este tipo en el mundo tiene tanta historia: nació en 1537, en tiempos de Carlos I. Cada pieza que llevaba hablaba del mar o de su familia.
Un ancla dorada en la solapa izquierda
Doña Sofía vestía un conjunto de chaqueta y pantalón azul marino. Sobre ese fondo oscuro, el broche dorado resaltaba sin competencia. Lo llevaba en la solapa izquierda, el sitio de siempre para un broche en una chaqueta de corte sastre.
El ancla es seguramente el símbolo marinero más fácil de reconocer, y ahí está su acierto: en un acto de la Armada no necesita explicación. Además, el dorado del broche conversaba con la propia bandera que amadrinaba, confeccionada por la Real Fábrica de Tapices y con un escudo central bordado con hilos dorados.
El motivo se repetía en la muñeca: de una de sus pulseras pendía un pequeño colgante en azul, decorado también con un ancla dorada. Repetir un mismo elemento en dos piezas es el truco más sencillo para que varias joyas parezcan pensadas juntas. Puedes copiar la idea tal cual si te toca una jura de bandera o la boda de un marino: un broche y una pieza en la muñeca con el mismo motivo bastan, y si el colgante recoge el color de la ropa, mejor.
¿Qué son las banderas de su brazalete?
En la otra mano llevaba un brazalete adornado con las banderitas de colores que los barcos emplean para mandarse mensajes, las del código internacional de señales marítimas. Cada una tiene su propio significado. Llevarlas en una joya es un guiño que capta a la primera cualquiera que haya pasado tiempo en un puerto.
Sus colores planos y sus formas geométricas hacen que se distingan incluso desde lejos, en una foto tomada desde la tribuna. Lo que no se ha publicado es si las banderas de su brazalete forman alguna palabra o son solo decorativas. Así que no merece la pena buscarle un mensaje oculto que nadie ha confirmado.
La esclava con el nombre de Irene
La tercera pulsera era la más personal: una esclava de eslabones. ¡HOLA! apunta que podría ser la misma que llevó el pasado mes de junio en su audiencia con el Papa León XIV, en la que se leía Irene escrito en griego. Ojo al matiz: es una suposición de la revista, no un dato confirmado.
Irene era su hermana. Se fue el 15 de enero de este año, con 83 años, y lo hizo en la Zarzuela. Si la identificación es correcta, la reina habría llevado su nombre en la muñeca al primer acto después de su primer cumpleaños sin ella.
Aquí la esclava cobra todo su sentido. En España es la pulsera que se regala en un bautizo o en la primera comunión con el nombre grabado, la que muchos guardamos desde niños en el joyero. Su razón de ser es precisamente esa: llevar un nombre pegado a la piel. Estoy convencida de que por eso funciona tan bien para recordar a alguien que ya no está.
Entre el ancla del broche, el colgante azul y las banderas de señales, la pieza que más dice es la que menos brilla. Los guiños a la Armada iban dirigidos a la Infantería de Marina; el nombre de Irene, si de verdad estaba en su muñeca, era solo para ella.